El Automóvil fantasma del páramo de la Negra

Por: Lolíta Robles de Mora

          Hace años, cuando la travesía de la Grita a Mérida por el páramo de La Negra era una proeza, el punto obligado entre ambas era La Cañada. En ese lugar la casa de don Miguel Arellano y Elena de Arellano era el sitio apropiado para comer, tomar café o aguardiente; y si la noche se echaba encima, también para encontrar posada.

          La casa de bahareque y teja, con alero curvo sujetado por horcones, al frente un corredor que servia de abrigo a los numerosos viajeros. Como estaba situada a mas de tres mil metros de altura, siempre estaba rodeada de niebla. Detrás de la casa un horno de panadería y un corral con gallinas. Alrededor precipicios y páramos cubiertos de matorrales y pequeñas plantas: la viravira de hojas blanquecinas, el mortiño de frutas rosadas, dulces y embriagantes, la zarzamora, el laurel, romero, los aterciopelados frailejones.

          Páramo arriba no había ninguna otra vivienda, por eso, todos hacían un alto allí para comer o descansar ante de proseguir el viaje.

          Años tras, cuando estaban ensanchando la carretera, rodo de la parte alta una enorme piedra, que saltando y saltando llegó cerca de La Cañada hasta romperse en dos. Una parte siguió precipicio abajo y la otra rodó hasta la casa de los Arellano y aprisionó a la señora Elena contra la pared de la cocina. Ella permaneció quieta y solo dijo:

          !Virgen del Carmen! Luego se desmayo entre la pared y la enorme roca caliza. Tiempo después en acción de gracias, los Arellano mandaron a construir una capilla al lado de la casa. En ella colocaron la piedra como altar y una imagen de la Virgen del Carmen. Desde entonces la capilla permanece adornada con flores y velas que los viajeros le ofrendan.

          En la época que me refiero, vivía yo en la Cañada. Tenía una temporada dirigiendo una cuadrilla de obreros que realizaba trabajos en la vía de La Grita hasta el páramo de la Negra, dentro de los límites del Estado Tachira.

          Una noche vimos las luces de un automóvil que bajaba desde la curva del Mortillo hacia nosotros. También sentimos el ruido del motor y como siempre esto sucedía, avisamos a la cocinera que tuviera listo el aguamiel para hacer el café. Desde el patio del horno vimos como las luces bajaban por las cuatro curvas en zigzag que separaban a la curva del Mortiño de la casa, y cual no sería nuestra sorpresa cuando al llegar a la cuarta curva las luces y el ruido desaparecieron. Esperamos un rato y en vista de que pasó media hora y el automóvil no aparecía, organice dos cuadrillas: una subiría por la derecha de la carretera y otra por la izquierda revisando taludes y precipicios.

          El frío era intenso y la niebla espesa, a dos metros de distancia no se veía nada. Con dificultades llegamos hasta arriba y alumbramos con linternas y lámparas todos los rincones donde pudiera haber caído o embarrancado elo automóvil. Por ninguna parte apareció. Nos encontramos con la otra cuadrilla y ésta había obtenido los mismos resultados: nada. Regresamos ateridos de frío y con las ruanas empapadas. Tomamos un café, un trago de aguardiente y nos fuimos a descansar. Pero este extraño suceso me tenía cavilando.

          Días después lo comenté con un amigo de Loma Redonda. Me dijo que los vecinos de esa localidad ven todas las noches las luces del automóvil que baja desde la curva del Mortiño y al llegar a la quinta, o sea a unos setecientos metros de la casa y capilla de don Miguel Arellano, desaparece; vuelve a aparecer poco despues, mas debajo de la misma. Continúa desde Loma Redonda hasta Pueblo Hondo Encima y no se sabe hasta donde llegará.

          Me contaban, que día tras día ocurre este fenómeno desde que construyeron la capilla y que posiblemente se trataba de un automóvil endemoniado, por eso no pasa por delante de la capilla de la Virgen del Carmen.



 07 de mayo de 2001
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